Jesus Sanchez Melean
Hay canciones que suenan distinto cuando llega diciembre. No porque cambien las notas, sino porque cambian a uno. “Pitorro de Coco”, de Bad Bunny, cae justo ahí. Entre la risa que se escapa y el nudo en la garganta. El tipo canta que está “llorando y bebiendo pitorro de coco que me trajo abuelo pa’ que vacilara”, y sin pedir permiso nos mete a todos en la escena. Da igual si eres boricua, mexicano, venezolano o norteamericano adoptado por la Navidad Latina. Todos hemos brindado alguna vez con algo que sabía a casa… aunque la casa quedara lejos.
El pitorro de Bad Bunny, ese ron artesanal, fuerte, casi clandestine, no es solo alcohol. Es memoria líquida. Es el frasco escondido en la alacena, la botella sin etiqueta que aparece mágicamente en Nochebuena, el “cuidado con eso que pega duro”. En Puerto Rico se bebe puro o se una para preparar Coquito. En Venezuela muta en Ponche Crema; en México, en Rompope; en Estados Unidos, en eggnog con “un chorrito”. Cambia el nombre, cambia el acento, pero la función es la misma. Ayudar a pasar la noche larga cuando esperamos abrazos.
Pitorro, ponche y salud
Bad Bunny canta al desamor, sí, pero también canta a la espera. A las doce y cuatro, cuando ya pasó el conteo regresivo y uno se da cuenta de que el Año Nuevo no arregla nada por arte de magia. Ese momento lo conocemos bien quienes celebramos lejos de mamá, del abuelo que traía la botella “pa’ vacilar”, de los amigos que siempre llegaban sin avisar. En Colorado, Nueva York o cualquier punto del mapa, la nostalgia también brinda.
Lo curioso es que, incluso tristes, repetimos el ritual. Sacamos el vaso. Probamos el trago. Decimos “salud”. Nos reímos un poco más alto de lo normal. La bebida hace su trabajo, pero no borra nada. Solo suaviza. Nos recuerda que no estamos solos del todo, que hay millones haciendo lo mismo con distintos nombres: pitorro, clerén, clairin, cachaça, rompope, poche chrema, eggnog. Todos ilegales para la dieta, legales para el alma.
Pitorro, ponche y salud
Este 2025 se va con guerras, elecciones y cansancio. Pero también se va con una dulce espera y con música que nos recuerda algo una lección simple. Celebrar no siempre es estar feliz, a veces es resistir juntos. Así que, si esta noche levanta un vaso, sea de pitorro, coquito o eggnog, hágalo sin culpa. Brindar donde quiera que usted esté también cuenta. Y mañana, con resaca o sin ella, seguimos. Salud.

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