febrero 4, 2023

Firma Invitada – Al maestro, con cariño

Al maestro, con cariño

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Virginia García Pivik

En el Estadio Peter Mokaba, por la última fecha del Mundial de Sudáfrica, dos días antes de cumplir 23 años, Leonel Messi era designado por Diego Armando Maradona como capitán del seleccionado argentino. La pulga se heló.

El brazalete de capitán pudo haber sido para la Brujita Verón, Demichelis o Burdisso (los otros capitanes) pero “el 10” sintió que Lio estaba listo para afrontar aquella responsabilidad en el campo de juego. Fue ante Grecia. El Diez entregándole a otro 10, el mimo de la capitanía albiceleste en un momento clave…

“Dicen que, en la vida, los maestros aparecen siempre a tiempo cuando el discípulo está listo”.

Maradona lo supo en el 2010…

Messi lo supo en este 2022. La lección fue distinta en cuanto a circunstancias, honores y pompas protocolares, pero la misma frente a responsabilidades futboleras.

FOTO HISTÓRICA| Julián Alvarez junto a Messi en Córdoba, Argentina, en 2011. (Foto/Facebook)

Leo y Julián se conocieron cuando Messi tenia 24 y Julián 11. La foto retrata aquel encuentro rápido en la provincia de Córdoba (de donde es oriundo Álvarez) en el hotel donde se concentraba el seleccionado argentino antes de disputar un encuentro por la Copa América del 2011.

El destino los volvió a unir esta vez en Qatar. Julián había pasado los primeros dos partidos de Argentina mirándolos desde la banca. Y la vida (y Scaloni, el DT argentino) le dieron la revancha perfecta frente a los croatas.

Millones en el mundo observaron la jugada endiablada del partido de Argentina frente a Croacia que tuvo como protagonistas indiscutidos a Messi y el pequeño Julián Álvarez.

¿Quién iba a decir que una pulga y una araña electrizarían el mundo? Una pulga y una araña elevando al borde de cardiopatías a miles en el desierto de Lusail y a millones de espectadores del planeta hipnotizados frente a monitores. Un ídolo de multitudes consagrado que tramitó la jugada con explosión sobrenatural de talento, defendiendo la redonda con el ahínco de un perro hambriento y eludiendo al rival con celoso esmero para clavar con total humildad aquel balón que selló duelos.

El tiempo que la pelota voló por el aire tuvo sabor a eternidad y el aliento argentino se entumeció. Las coordenadas caprichosas del destino, y los 11 años que tuvieron que pasar para que esta pulga y esta araña se volvieran a cruzar, vaya que valieron la pena. Porque Messi tuvo la convicción e intuición paternal de un auténtico líder que aquel pibito con acné estaba listo para brillar y perpetuar su momento de gloria en un Mundial.

La foto, esta vez, es muy distinta: No es en Córdoba. No es Copa América. Y ellos dos tampoco son los mismos. Uno disputa quizás, su última copa mundialista y el otro la primera. Lo único igual es que devuelven (como todo mito de eterno retorno), la ilusión incuestionable a niños de miles de campitos humildes o potreros alrededor del globo de que, algún día, un maestro aparecerá justo a tiempo cuando estén listos para inmortalizarse en el instante más importante de sus vidas.


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