septiembre 24, 2021

Firma Invitada – La herida del 11-S

La herida del 11-S

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Lucía Leal

Los atentados del 11-S generaron una profunda crisis existencial en EEUU, que reaccionó como un “animal herido” y se embarcó en una pantanosa guerra contra el terrorismo. Veinte años después, la humillación del 11 de septiembre de 2001 sigue viva en la conciencia colectiva, en forma de incertidumbre, frustración por las guerras perdidas en Oriente Medio y luto por el sueño de invulnerabilidad que terminó con los atentados.

En la década anterior a los atentados, Estados Unidos luego de su victoria en la Guerra Fría disfrutó de una hegemonía global, un poder que parecía no tener límites. “Había una sensación de exuberancia representada por esas dos torres gigantes, de 110 pisos cada una”, relató el historiador Charles Strozier. “Los ataques tuvieron una dimensión apocalíptica. Fue un desastre a tal escala que hizo sentir a la gente que el mundo se podía acabar”, explicó Strozier.

Nueve días después de los atentados, que en total dejaron casi 3.000 muertos entre las Torres Gemelas, el Pentágono y el avión estrellado en un campo de Pensilvania, el entonces presidente de EE.UU., George W. Bush, formuló en un discurso una pregunta y le dio una respuesta que marcaría las dos décadas siguientes. “Los estadounidenses se están preguntando, ¿por qué nos odian? Odian lo que ven aquí mismo: un Gobierno elegido democráticamente”, dijo el presidente en el congreso de EEUU.

Bush allanaba así el terreno para su guerra contra el terrorismo, una incursión sin límites claros en el espacio ni el tiempo en la que todo parecía valer, porque se desarrollaba en nombre de la democracia y los valores occidentales. “El miedo, el poder y la arrogancia caracterizaron la política exterior de Estados Unidos. Era una mezcla peligrosa”, aseguró el profesor emérito de Historia en la Universidad de Virginia, Melvyn Leffler.

Los primeros bombardeos en Afganistán llegaron en octubre de 2001, pero lejos de acabar en diciembre de ese año, cuando cayeron los talibanes, o en 2011, con la muerte del líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, la guerra se extendió hasta convertirse en la más larga de la historia de EE.UU. El difuso concepto de la guerra contra el terrorismo pronto sirvió para justificar otras políticas, como la invasión de Irak.

Estados Unidos reforzó también al extremo su aparato de seguridad nacional y autorizó programas de vigilancia masiva bajo la ley antiterrorista “Patriot Act”, que incluían registros telefónicos y de internet de ciudadanos estadounidenses y extranjeros. “Había una sensación de paranoia, y cuanto más se extendía, más se preocupaba la gente de si su vecino podía ser un terrorista que colaboraba con Al Qaeda. Esos miedos se exageraron “, recordó Strozier.

Para 2014, agregó el historiador, “había una conciencia cada vez mayor de que la respuesta militarista al 11-S estaba resultando en un fracaso desastroso”, lo que derivó en “una sensación de haber sido humillados por segunda vez”, con las derrotas en Afganistán e Irak, después de la deshonra que supusieron los propios atentados. “Eso fue un factor importante en la corriente populista y nacionalista que desembocó en la elección de Trump” en 2016, opinó Strozier.

A pesar de la deriva hacia el modelo de “America First” de Trump, del que el presidente Joe Biden ha mantenido algunos rasgos, Estados Unidos no ha abandonado del todo el “modelo de la guerra contra el terrorismo”, como demuestran los temores sobre una posible pujanza de Al Qaeda o del Estado Islámico (EI) tras la retirada de Afganistán, indicó Adams. “Es como si siguiéramos enterrados en el trauma del 11-S”, afirmó Adams, quien cree que no se han disipado “ni el instinto hegemónico ni el miedo”. 


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