febrero 26, 2024

La coronación del salvador

La coronación del salvador

Mis reflexiones sobre el liderazgo de Nayib Bukele.

Jesús Sánchez Meleán

Este editorial surge de una reflexión profunda sobre el reciente acontecimiento en El Salvador: la reelección de Nayib Bukele como presidente. Como editor de El Comercio de Colorado, tengo un profundo afecto por la comunidad salvadoreña que he tenido el honor de conocer en Estados Unidos. Muchos de ellos son amigos cercanos, y en la humanidad única que encuentro en ellos, veo reflejada mi propia identidad.

Durante años, he trabajado de cerca con la comunidad salvadoreña en diversas iniciativas, lo que me lleva a expresar con franqueza mis opiniones sobre el liderazgo de Bukele. Es innegable que Bukele ha capturado la esperanza y el respaldo de la mayoría, de casi toda, la población salvadoreña.

Su carisma, estilo directo y resultados tangibles han generado un amplio apoyo popular, como lo demuestra el hecho de que, incluso antes de concluir el escrutinio, ya se vislumbra que obtendrá más del 80 por ciento de los votos. Reconozco sus logros en términos de eficiencia y cumplimiento de las expectativas económicas de la población a la que sirve.

Sin embargo, debemos ser conscientes de los peligros inherentes al poder absoluto. El poder es una droga que puede generar adicción, y aquellos que lo detentan suelen desear más. Entregar un cheque en blanco a un solo individuo para gobernar sin límites es una práctica peligrosa que puede derivar en el despotismo, como lo han evidenciado experiencias históricas anteriores.

En la Antigua Roma, el ejercicio del poder sin límites dio origen a los despotismos. Eso es historia. Y la historia es una manifestación de los comportamientos humanos. Aquellos gobernantes de Roma son tan humanos como los gobernantes del presente. James Madison, uno de los redactores de la constitución norteamericana cuenta en sus memorias que se quedó estupefacto al ver como se crearon los despotismos en Roma.

Madison aprendió de la experiencia histórica y logro convencer a los asambleístas norteamericanos para introducir los principios de la alternabilidad y el equilibrio de poderes en la constitución de los Estados Unidos. Esos principios han sido fundamentales en la permanencia y estabilidad de la democracia norteamericana. Y son parte del modelo de democracia moderna del mundo occidental.

En el caso de El Salvador, lamentablemente, estos principios parecen estar suspendidos en la actualidad, a pesar de formar parte de la constitución del país. Mi intención al expresar estas preocupaciones no es restar importancia a la celebración de la victoria de Bukele, sino más bien alertar sobre los riesgos de un poder ilimitado y la falta de contrapesos institucionales.

No puedo predecir el futuro del segundo mandato de Bukele, ni si su liderazgo seguirá el mismo camino que otros líderes que sucumbieron al poder absoluto. Sin embargo, es mi deber anunciar sobre los posibles excesos que el poder y la popularidad pueden generar. Nadie está exento de caer en la tentación de perpetuarse en el poder, y es fundamental que existan mecanismos que garanticen la rendición de cuentas y la alternancia democrática.

Puedo comentar ejemplos contemporáneos del ejercicio del poder omnímodo. Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales y Vladimir Putin, se han embriagado de poder, y lo ejercieron sin límite alguno. Los dos primeros solo dejaron al poder debido a la muerte. El boliviano fue sacado por la fuerza, pero sigue intentando regresar y va directo a lograrlo. Mientras, el cuarto, está ya en su quinto período de gobierno.

Lo que presenciamos el domingo no fue simplemente una elección o un plebiscito sobre la gestión de gobierno, como se ha afirmado. Más bien, fue una coronación que evoca comparaciones históricas con eventos en los que líderes fueron investidos con poderes casi absolutos. El domingo yo vi a Napoleón Bonaparte con la corona puesta.

Esta reflexión no busca desmerecer los logros de Bukele, sino más bien invitar a la cautela y al debate sobre los límites del poder en una sociedad democrática.

Jesús Sánchez Meleán

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