(Fotos/Morgan Smith)
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Morgan Smith
Escritor y fotógrafo. Ex legislador de Colorado y Ex director de la Colorado International Trade Office
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Este artículo trata sobre los venezolanos porque considero que son un microcosmos de este dilema migratorio que divide cada vez más a nuestro país. ¿Deberíamos castigar a los muchos miles que llegaron aquí legalmente? ¿Terminaremos en una guerra con Venezuela? Eso parece una locura. ¿No hay una mejor manera? Miremos primero un poco de historia. A mediados de los años noventa, como director de la Oficina de Comercio Internacional de Colorado, llevé a un grupo de empresas de Colorado a una feria comercial relacionada con minería y energía en Caracas. Nuestros stands estaban abarrotados. ¿Por qué? Porque nos acompañaba un profesor de la Colorado School of Mines.
Mines era el estándar de oro para trabajar en la empresa petrolera estatal, Petróleos de Venezuela (PDVSA). Incluso el presidente de la compañía PDVSA era egresado de esa institución. Eso cambió rápidamente con la elección de Hugo Chávez en 1999. Los profesionales fueron reemplazados por aliados politicos. Y la consecuencia no esperó. La producción se desplomó y los venezolanos se empobrecieron cada vez más. Imagine tener las mayores reservas probadas, identificadas, de petróleo del mundo junto con una pobreza generalizada. Esto explica, en parte, por qué unos 7 millones de venezolanos han huido. Estos es el 25% de la población de Venezuela.
Si trasladamos esa proporción a Estados Unidos, estaríamos hablando de 80 millones de estadounidenses huyendo. Muchos venezolanos simplemente cruzaron la frontera hacia Colombia, pero cuando ese país se vio desbordado, hubo un giro hacia Estados Unidos, un viaje mucho más largo y peligroso, que incluye el letal Tapón del Darién. El 13 de septiembre de 2022, fui invitado a mi primer “ride-along” con la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos. Observamos varias detenciones en el área de Anapra–Sunland Park, en Nuevo México, y luego el agente principal dijo: “Vayamos al vecindario Chihuahuita de El Paso, donde algunos migrantes han cruzado el río”.
Imaginen nuestra sorpresa cuando llegamos y encontramos aproximadamente a 400 migrantes, casi todos venezolanos, formados para ser procesados. Estaban ordenados, alegres y optimistas. La frontera estaba entonces cerrada debido al Título 42 y los venezolanos se congregaron en una ciudad de carpas a la orilla del río, del lado de Juárez. Esperaban que el Título 42 fuera revocado. Querían cruzar a pié y pedir asilo. En octubre, había un grupo precario de tiendas con unas 150 personas. Más tarde, en noviembre, cuando conduje hasta allí solo, esta rudimentaria ciudad de carpas se había expandido a más de mil personas, todas viviendo a la orilla del río sin servicios básicos como baños o instalaciones para cocinar.
¿Terminaremos en una guerra con Venezuela?
Al principio tuve miedo de bajarme del auto, pensando que dirigirían su enojo contra Estados Unidos hacia mí, pero cuando lo hice, fui tratado con la mayor cortesía y buen ánimo. Esto también fue cierto con muchos venezolanos en y alrededor de la iglesia Sacred Heart en El Paso. El trabajo era un problema. Un joven instaló una silla de barbería en un callejón para ganar algo de dinero. Otro había preparado una tarjeta de presentación anunciando sus diversas habilidades. Vimos lo mismo en Denver, Colorado, durante el gélido enero de 2024. Encontramos jóvenes venezolanos en la avenida 38 ofreciendo lavar parabrisas de autos.

¿Terminaremos en una guerra con Venezuela?
También en enero de 2024 entrevisté a una mujer venezolana llamada Iris Segura en la iglesia Sacred Heart. Ella y su familia habían pasado tres meses viajando desde Venezuela hasta nuestra frontera, habían sido asaltados dos veces y al día siguiente partirían hacia la ciudad de Nueva York. Sin embargo, su audiencia de libertad condicional no estaba programada sino hasta el 7 de marzo de 2025, en Louisville, Kentucky. Cito estos detalles porque los muchos venezolanos que hemos conocido han sido, en mi experiencia, la nacionalidad más impresionante en términos de cualidades para ingresar a Estados Unidos.
Muchos llegaron a través del programa de parole anunciado por el presidente Biden en enero de 2023 para ciertos nacionales de Cuba, Haití, Nicaragua y Venezuela, pero no hubo suficiente apoyo para las ciudades receptoras, lo que provocó una reacción negativa previsible. Aun así, considero que la gran mayoría habría sido un gran activo para Estados Unidos. Además, creo que la mayoría de ellos eran aliados en la oposición al régimen de Maduro en su país de origen. Otros llegaron después de las elecciones presidenciales de julio de 2024 en Venezuela, cuando Maduro, presidente en funciones, se declaró vencedor pese a la abrumadora evidencia de que su oponente, Edmundo González, había obtenido una victoria contundente.


Sin embargo, en marzo de 2025, el presidente Trump revocó este programa, lo que considero un grave error. Estos aproximadamente 600.000 venezolanos que llegaron aquí legalmente deberían tener la oportunidad de demostrar que pueden ser buenos ciudadanos. Por supuesto, hay excepciones. En febrero de 2024 fotografié a una mujer fuertemente tatuada fuera de la iglesia Sacred Heart en El Paso. Resultó que la apodaban La Barbie (Estefanía Primera) y más tarde fue arrestada y acusada de ser miembro de la banda Tren de Aragua, que se originó en la prisión de Tocorón en Venezuela. Sin embargo, afirmar que el Tren de Aragua, y ahora el Cartel de los Soles, son una fuerza dominante entre estos miles de venezolanos es falso y solo una excusa para ir tras el presidente Maduro.
Para empezar, entonces, ¿por qué no centrarnos en esta gran población venezolana, en su mayoría muy positiva? Hagamos lo que se supone que debe hacer la ley, el identificar y apartar a los peligrosos, y luego darles a quienes han cumplido la ley la oportunidad que merecen. Utilicémoslos como modelo para una política migratoria revisada, humana y racional. Mientras tanto, no vayamos a la guerra con Venezuela.
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