El príncipe que ya no es 

El príncipe que ya no es 

ANDRÉS SOLO LE DEJARON UNA MEDALLA  

Ay, mis queridos chismosos, prepárense porque esto se está poniendo más jugoso que tamal recién hecho. Resulta que Andrés, sí, el hermano del rey Carlos III que hace unos días perdió todos sus títulos nobiliarios por andar de mano larga con el difunto Jeffrey Epstein, va a conservar al menos su medalla de la guerra de las Malvinas. Así es, la famosa Falklands Medal, esa que lo coronó héroe en 1982 cuando pilotaba helicópteros Sea King. Porque claro, aunque la corona te saque los títulos y la dignidad, la medalla… esa se queda. 

Pero la medulla no le servirá de mucho. Andrés, sin ser príncipe ni duque, aunque tenga su medalla, está obligado a mudárse de la mansión de 30 habitaciones en Windsor a una residencia más modesta en Sandringham. Y cuentan que los vecinos ya lo miran con cara de “qué onda con este tipo horrible”. Su exesposa Sarah Ferguson no lo acompañará en este nuevo capítulo de su vida plebeya, dejando al buen Andrés a sus anchas… o a sus desventuras, según se vea. 

Y eso no es todo, el Congreso de Estados Unidos le anda pidiendo que declare sobre su relación con Epstein. Pero como Andrés es británico y la ley gringa no lo puede obligar, puede hacerse el occiso y decir: “¿Yo? ¿Con Epstein? No recuerdo”. Claro que el mundo entero sabe que ahí hay tela de donde cortar, y el ex príncipe se ve cada vez más como ese amigo incómodo que todos tenemos y que nadie quiere invitar a la fiesta. 

El príncipe que ya no es 

Mientras tanto, Carlos III, con toda la paciencia de rey, tampoco lo van a dejar en la calle. El rey le va a soltar a su hermanito una suma de seis dígitos para que sobreviva. Eso sí, descontando los daños en la mansión, porque no vaya a ser que el buen Andrés piense que todo se vale. Y entre medias, sigue en la línea de sucesión, octavo en la lista, como diciendo: “No soy príncipe, pero todavía tengo chances… más o menos”. 

Moraleja, queridos míos. Ser rico y famoso no garantiza que la vida sea justa, pero sí que siempre habrá chisme jugoso para El Entrometido. Andrés se queda con su medalla, con su estipendio, y con la mirada atónita de todos los mortales, mientras nos recuerda que incluso los caídos de la nobleza pueden tener momentos de gloria… aunque sea de plástico, digo, de metal. 


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