Confesiones para el próximo bestseller 

Confesiones para el próximo bestseller 

Por Jesús Sánchez Meleán 

Cuando leí el testimonio de Kilmar Ábrego García, pensé que se trataba de una escena sacada de El otoño del patriarca de García Márquez o de La fiesta del Chivo de Vargas Llosa. Torturas, humillaciones, golpes a quien caía de cansancio mientras permanecía de rodillas. Pensé que esos relatos pertenecían al pasado autoritario de América Latina, a las novelas que contaban horrores que creíamos enterrados. Pero no. 

Ábrego García, deportado a El Salvador, se convirtió en el primer ex preso en contar desde adentro lo que ocurre en la megacárcel (CECOT) inaugurada por Nayib Bukele. Su testimonio describe golpes brutales, luces encendidas las 24 horas, privación de sueño y comida, y un castigo que recuerda más a un campo de concentración que a un centro de rehabilitación. 

Algunos comentaristas de redes sociales se burlan: “¿Y qué esperaba? No se fue de vacaciones”. Otros justifican: “Es la única forma de acabar con el crimen”. Lo que muchos no entienden —o no quieren entender— es que la tortura no es justicia, es barbarie. Y peor aún, es el síntoma más claro de un régimen que se cree infalible y fuera de todo control. 

Ábrego García relata que estuvo arrodillado junto a otros presos durante horas, recibiendo golpes si se movía. Se le negó el acceso al baño, perdió 14 kilos, y fue humillado constantemente. La imagen de rodillas sangrantes y cuerpos doblados nos traslada a esas páginas de La fiesta del Chivo, donde los verdugos de Trujillo quebraban cuerpos y almas para imponer obediencia. 

Hoy, casi medio siglo después, parece que se escriben nuevas páginas de esa novela latinoamericana de horrores. Este testimonio no solo revela el sufrimiento de Ábrego García, sino que sirve como advertencia de lo que sucede cuando el poder se ejerce sin límites y cuando la sociedad aplaude el castigo sin importar el método. 

Ábrego García, al salir del CECOT, se convierte en la primera voz que rompe el silencio. Su historia debe ser escuchada. Quizás algún escritor se atreva a narrar lo que pasa en esa megacárcel, para que el mundo no olvide. Ojalá esta vez no tengamos que esperar décadas para reconocer que la tortura jamás puede ser el camino. 

Porque en un Estado de derecho, el torturar no es hacer justicia. La tortura es retroceder a las páginas más oscuras de la historia reciente en Latinoamérica


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