Por María Marín
Cuando vivía en Los Ángeles, California, decidí comprar una casa. Encontré una casa hermosa y acogedora. Las calles del vecindario estaban adornadas con bellos sauces. Manejar por aquel barrio daba la sensación de estar en un jardín encantado. Después de recorrer la propiedad le dije a mi agente que hiciéramos una oferta. “Esta casa tiene que ser mía”, dije.
Dos días después los dueños de la casa decidieron no venderla. Desilusionada y triste pensé que no iba a encontrar otra casa que me gustara tanto. Un mes después de esa decepción, me llegó una excelente oportunidad profesional en la ciudad de Miami. Acepté y me mudé a la ciudad del sol donde hoy día continúo viviendo.
No llegó… menos mal
Hoy disfruto de una bella casa rodeada de mucho verde y árboles grandes con flores hermosas que me llenan de paz y me hacen sentir que vivo en un jardín encantado. Doy gracias a Dios por no haberme permitido comprar “la supuesta casa de mis sueños”. La verdadera me estaba esperando.
Deseamos algo ardientemente pero no se nos da. Un trabajo, un amor o una gran oportunidad que no podemos conseguir. En ese momento nos sentimos desilusionados o frustrados. Sin embargo, más tarde aparece algo mejor y nos damos cuenta de que, lo que tanto queríamos, no era lo que más nos convenía.
No llegó… menos mal
Lo que está para ti, llega cuando te conviene. Todo en esta vida tiene un orden divino, las cosas suceden en el momento preciso, no antes ni después. Ten calma. No te desanimes. Dios conoce tu situación. Él sabe exactamente lo que necesitas y te va a llegar en el momento apropiado.

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