Jesús Sánchez Meleán
Durante su intervención ante la Asamblea General de la ONU, Delcy Rodríguez apeló a una narrativa de pacificación y “renacer democrático” que pretende maquillar la crisis política venezolana. La presidenta de facto prometió que “habrá elecciones”, una afirmación que diversos medios celebraron de manera precipitada sin analizar la ausencia total de un cronograma concreto. Bajo el arbitrio del interinato que comparte con su Hermano, el denominado “Rodrigato”, las fechas electorales quedan relegadas al antojo del poder de turno.
Resulta irónico que, bajo este esquema, el régimen pretenda dinamitar la prioridad de los procesos electorales. En lugar de convocar de inmediato a los comicios presidenciales, el sentido común es desplazado para dar paso a consultas menores, como elecciones en centros estudiantiles o reinados de carnaval, dejando la elección del mandatario nacional para cuando “florezcan las amapolas”. La lógica democrática dicta que la máxima magistratura debe ser la primera en someterse a la voluntad popular para reestructurar el orden institucional y no al revés.
Espejismo electoral en Venezuela
Asimismo, causa profunda preocupación la pasividad con la que se recibió su afirmación de que “la democracia no se mide por la existencia de elecciones”. Difiero categóricamente de esa postura. El ejercicio del voto transparente y competitivo es, precisamente, la vía civilizada para alcanzar la gobernabilidad y la legitimidad de origen. Al descalificar simultáneamente a la oposición, la presidenta de facto no solo busca controlar el calendario electoral, sino que intenta imponer a medida el elenco de competidores con los que el “Rodrigato” está dispuesto a medirse.
A este panorama se suma un hecho aún más desalentador. Rodríguez se proyecta como la única figura con solvencia dentro de la estructura oficialista, beneficiada por sobreseimientos e inmunidades que le otorgan una verdadera patente de corso para actuar al margen del escrutinio independiente. Por esta razón, la indignación de los venezolanos se refleja en las manifestaciones ciudadanas, como la pancarta exhibida en las inmediaciones de la cumbre en Nueva York.
En la pancarta, una verdadera obra de arte, le indican a la presidenta de facto que “no se vista de seda, que le queda mejor el uniforme color Naranja”, el color del uniforme de los presos en las cárceles norteamericanas. Mientras el “Rodrigato” pretenda amarrar todo el poder a su conveniencia, las promesas de apertura institucional en los foros internacionales seguirán siendo una maniobra para perpetuar la arbitrariedad. No se confundan.


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