Taylor Hendricks (frente), delantero de los Grizzlies de Memphis, se dirige hacia el aro mientras el defensa Nikola Jokić, centro de los Nuggets de Denver, marca su camino durante la primera mitad de un juego de baloncesto de la NBA, el miércoles 8 de abril de 2026, en Denver. (Foto AP/David Zalubowski)

LA SERIE SE PONE AL ROJO VIVO

Howard Mejía/ En la recta final

Catorce puntos de ventaja. Sesenta y cuatro iguales al descanso. Una racha de doce victorias que venía como locomotora. Y al final, una derrota que duele precisamente porque Denver la tuvo, la cuidó durante casi todo el partido y la dejó escapar en los últimos minutos de la manera más dolorosa posible. Minnesota empata la serie 1-1 y el Juego 3 ya tiene sabor de final. El comienzo fue de manual.

Christian Braun salió disparado, Murray era una amenaza constante desde el perímetro y Hardaway Jr. confirmaba desde el banco por qué su nombre suena con fuerza para el premio al mejor sexto hombre de la liga. Los Timberwolves se veían superados y para colmo observaban con angustia cómo Anthony Edwards salía cojeando con molestias en su rodilla derecha. Todo pintaba bien.

Jokić, tranquilo, se limitaba a repartir juego con esa visión que nadie más tiene en la liga. Denver llegó a mandar por 14 puntos y el Ball Arena rugía. Entonces Minnesota pulsó el botón de emergencia. Intensificaron la marca personal, convirtieron el partido en una guerra de trincheras y Edwards regresó a la cancha. Junto a un Randle encendido, los Timberwolves fueron borrando la diferencia punto a punto hasta ponerse por encima.

El partido se había dado la vuelta completamente. Y en ese momento exacto, con el tiempo expirando en el primer tiempo, Jamal Murray tomó el balón desde su propio campo y lo lanzó. Entró. Canasta a la bocina. Empate a 64 al descanso. Ese es Murray en los playoffs. Ese es el jugador que Minnesota más teme y con razón. El tercer cuarto fue el turno de Jokić. El serbio abandonó su papel de distribuidor y tomó la pintura como territorio propio, anotando, reboteando y volviendo a poner a Denver por delante.

Pero Edwards, incluso tocado físicamente, seguía siendo un problema sin solución. Sus tapones en momentos clave evitaron que la ventaja fuera más holgada, y el partido siguió siendo una pelea sin cuartel. El arbitraje, hay que decirlo sin rodeos, no estuvo a la altura que merece una eliminatoria de este calibre. El último cuarto comenzó con Bruce Brown lanzando dos triples consecutivos que parecían sentenciar el rumbo del partido.

Naz Reid, sin embargo, salía del banco de Minnesota como una revelación, manteniendo a los suyos con vida con minutos de altísimo nivel. Y cuando Denver parecía controlar, apareció DiVincenzo. Un triple. Una clavada. Dos puñaladas en el corazón del Ball Arena que le dieron la vuelta definitiva al marcador. Lo que vino después fue el retrato de un equipo agotado. Los tiros libres que no entraron. Las posesiones que se enredaron.

Y la última jugada, con Murray tomando una decisión equivocada que cerró el partido sin remedio. Doce victorias seguidas pesan en las piernas y en la cabeza. Esta noche, ese peso se notó. Pero más allá del cansancio, hay una lectura táctica que Adelman no puede ignorar. Gordon fue invisible cuando más se le necesitaba. Johnson volvió a ser intermitente. Braun brilló en el primer cuarto y se apagó después.

Esta serie no puede recaer únicamente sobre los hombros de Murray, Jokić y Hardaway. Si Gordon no aparece con la versión que todos sabemos que tiene, el camino se hará muy cuesta arriba. Serie igualada. La presión ahora es de Denver. Y el Juego 3, en Minneapolis, es ya una final anticipada.