Por Virginia García/ Periodista, PR, amante del fútbol

El Empower Field at Mile High se vistió de fiesta y recibió a uno de los hombres más mimados del fútbol mundial. Y es que no se ve a Messi, así, tan de cerca, todos los días. Niños, adolescentes, mujeres, hombres, ancianos y hasta bebés. Fueron miles los que se calzaron la camiseta, ya de Argentina o la de Leo Messi, para sumarse a la celebración.

Y Messi, siendo Messi, no defraudó. Leo estudia la cancha, y quienes lo seguimos desde hace mucho lo sabemos. Incluso algunos “comentaristas deportivos” improvisados, como los que tuve detrás de mí, hablando sin parar durante todo el partido, lo notaron. Messi logró lo que pocos logran. Logró que todo el estadio celebrara con entusiasmo los goles de los locales, pero que festejáramos con verdadera emoción los goles de él.

No los del Inter de Miami, porque nos encargamos de hacerles saber cuando alguna jugada nos pareció alejada del fair play, sino los de él. Los de Leo. Verlo patear el primer gol (producto de un penal) hacia la portería de los Colorado Rapids, convertirlo y celebrarlo parecía una contradicción absoluta. Pero en el clima de fiesta que vivimos ayer, todo valió.

Lo pateó al centro, ni siquiera a uno de los palos. Primer acto de ilusión. La peinó. Con cariño, sin estridencias, sin ampulosidad. Y todos gritamos. El partido siguió con algo de aburrimiento, y las llegadas más contundentes llegaron en la segunda mitad. El primero de los locales, firmado por Navarro; el segundo, con soberbia y calidad, del recién ingresado número 77, Darren Yapi, en el minuto 62.

Pero al partido le faltaba algo, ese “je ne sais quoi”, como dicen los franceses. Y llegó él… Leo. Encendido, como el sol de abril en Colorado. Y a lo mago, eludiendo a dos defensores, la clavó en la red. Celebraron hasta las personas que venden helados, bebidas, hot dogs y pretzels en el estadio al ver las repeticiones en las pantallas. Su llegada a Denver prometía fiesta. Y Messi, siendo Messi, no defraudó.